Reseña, Si no fuera por las sílabas del sábado | Mariana Salomao Carrara

Traducción: Regina López Muñoz | Diseño de cubierta: Donna Salama | Editorial: Tránsito

Cubierta de Si no fuera por las sílabas del sábado


SINOPSIS

Un acontecimiento insólito quiebra un amor, una familia, pero tal vez de esa tragedia broten nuevas historias. Tras la muerte de André, Ana debe criar sola a su bebé, Catarina; lidiar con Francisca, una niñera que llega expandiendo sus tentáculos, y encajar la presencia de Madalena, su vecina, la viuda del otro hombre envuelto en el absurdo accidente que mató a André. En el ring al que han sido arrojadas estas mujeres hay desamparo, tensión, rabia, pena, un choque de soledades; es la ventana del duelo, que nos sitúa frente a un nuevo comienzo. 

Asombrosa por su lucidez, Si no fuera por las sílabas del sábado parte de una trama mínima para lograr una hazaña máxima: Mariana Salomão Carrara escribe con delicadeza sobre una experiencia devastadora y le añade varias capas a una novela que nos habla de muerte, maternidad, amistad, y, sobre todo, de las infinitas posibilidades de los afectos. Una novela audaz, poética y luminosa que consagra a su autora como una de las voces más singulares y urgentes de la literatura en lengua portuguesa.


OPINIÓN PERSONAL

Un hombre se suicida saltando por la ventana de un décimo piso y cae sobre un vecino que también fallece. Era sábado y había salido porque su mujer lo había llamado. Las viudas son dos víctimas más, pero Madalena es tratada como si fuera culpable y Ana se deja consumir por la depresión del duelo y una maternidad sin padre.

La historia está narrada en primera persona por Ana y habita el dolor de la pérdida, la culpa, el odio a sus vecinos y los pensamientos morbosos que la han acompañado los últimos doce años. Ana solo piensa en la muerte, se encierra en sí misma se aleja de sus amigos —o sus amigos de ella—. Su único apoyo es la pareja del suicida, que no deja de cuidarlas a ella y su hija, a modo de penitencia.

No hace un retrato amable de la víctima, en ocasiones es cruel y egoísta, pero reflexiona sobre la vida y la sociedad desde un ángulo que nos permite comprender a todas las partes implicadas. Me gusta la voz que le concede a las cosas inanimadas, como un habitante más de la casa. Su actitud contemplativa nos permite observar detalles existenciales en los que no solemos reparar y que son comunes a todas las personas. 

Su relato también critica otros hechos reales, como la idea de que las mujeres «somos para los cuidados» o que tus seres queridos te desechen cuando estás deprimida o enferma. Si bien la escasa puntuación de algunas frases me ha costado, su prosa destila emociones y he acabado conmovida. El final no resuelve los problemas de un plumazo y es un cierre abierto, pero así es la vida, la vida sigue.

 

«El duelo es un pozo lleno de egoísmos».

«No soy del todo infeliz, eso no, hace muchos años que no, pero tampoco encuentro la manera de ser realmente feliz».

«La vida es una máquina gigantesca, monstruosa y llena de dientes que se accionan anárquicamente y recorren el arco interno como las teclas de una máquina de escribir estampando tinta en el papel, solo que feroces y destructivos, y nuestro objetivo es pasar el mayor tiempo posible moviéndonos con parsimonia dentro de esa máquina sin que nos atrapen los machetazos internos».