Reseña, El efecto bumerán | Adolfo Iglesias

Ilustración de cubierta: Dalton Kafka


SINOPSIS

Santi tiene 30 años, vive con sus padres en casa de su abuela y para ganarse su independencia ya lo ha intentado todo, menos mentir. Para remediar esto, ya está su maldita yaya, que le ha fabricado un currículum fantástico y lo arrastra a una empresa donde le deben un favor. Para su sorpresa, le hacen ejecutivo nada más pisar la recepción y le ponen a cargo de la construcción de una nueva sede en Ciudad Akasha, un lugar donde harán lo que quieran. El proyecto incluye el rodaje de una película promocional. Y es que Santi enseguida aprende que esta empresa rechaza las leyes que protegen a los clientes, y todas las demás, incluida la que rige el espacio-tiempo. Estampando su firma en el contrato, Santi se teme que ha vendido al Diablo algo más que su alma.


OPINIÓN PERSONAL

La yaya ha inflado el currículum de Santi para conseguirle una entrevista de trabajo. En su nueva oficina, todo es azul y suceden cosas increíbles: los de arriba explotan a los de abajo. El personal se pega por un ascenso mientras la empresa construye una sede del tamaño de una ciudad. También quieren rodar una peli promocional para hacer lo que mejor se les da: engañar a los clientes.

Aquí no hay normas, la trama principal es surrealista, aunque el argumento sigue cierto hilo lógico. El ambiente laboral se muestra distorsionado y su realidad se vuelve absurda, parece la experiencia onírica de alguien que ha fumado, pero en esa abstracción escrita con texto predictivo, podemos reconocer los rasgos de nuestra sociedad. Y no salimos bien parados.

No hay historia como tal, o mejor dicho, la historia toma forma en el discurso del narrador. El libro es una crítica al consumismo en una sociedad alienada, productiva e insatisfecha. No lo recomendaría alegremente porque es más raro que un perro verde azul y las últimas páginas alcanzan el mayor de los despropósitos. Pero está bien escrito y tiene puntos curiosos.


«Mi abuela dice que sin engañarnos los unos a los otros no sería posible la civilización. Lo llama acuerdo tácito».

«El esfuerzo no tiene recompensa. Me mintieron».

«No eres el primer buenista que viene a arreglar el mundo desde el despacho de cristal».