La tierra de los abetos puntiagudos | Sarah Orne Jewett

Traducción: Raquel García Rojas | Diseño de colección: Raúl Lázaro | Editorial: Dos Bigotes

Cubierta de La tierra de los abetos puntiagudos


SINOPSIS

Definida por Henry James como "una pequeña y hermosa obra maestra" y considerada como un clásico incontestable de las letras anglosajonas del siglo XIX, La tierra de los abetos puntiagudos es la gran novela de Sarah Orne Jewett, una de las voces más respetadas de la literatura regionalista estadounidense.

El verano acaba de empezar y a la localidad costera de Dunnet Landing llega una escritora en busca de un lugar tranquilo donde refugiarse del ajetreo de la ciudad y poner punto final a su libro. Allí alquila una habitación en casa de la señora Todd, una experta botánica que vende remedios caseros preparados con las plantas de su jardín y con la que entablará una profunda amistad. Ella será la encargada de introducirla en la vida social de una comunidad que parece discurrir aislada bajo la imponente presencia de los abetos a los que alude el título.

Sarah Orne Jewett construye una magnífica novela que retrata con sensibilidad y nostalgia un mundo en vías de desaparición, y nos presenta una memorable galería de personajes femeninos: mujeres independientes y de gran entereza que defienden su derecho a la soledad y que tejen una firme red de cuidados y afectos.


OPINIÓN PERSONAL

Una escritora alquila una habitación en Dunnet Landing, el más tranquilo de los pueblos costeros. Su intención es pasar el verano sola, escribiendo, pero enseguida se hace amiga de su casera, la señor Todd, y pasan los días juntas. Este relato en primera persona es como tomar el té con una vecina agradable de Nueva Inglaterra. No sucede nada, excepto sus visitas a otros vecinos y los chismes del pasado.

Como tal, abundan las descripciones de paisajes y las historias personales. Todo el mundo es entrañable, buenas personas que comparten anécdotas de hace décadas, aunque algunos han perdido el contacto con la realidad. Los ancianos lamentan el final de sus vidas y lo mucho que han cambiado los tiempos, no quedan marineros y los jóvenes son iguales. En ese sentido, presume de cierta sensibilidad.

Llama la atención que no sabemos nada de la escritora, no habla de su propia vida y apenas interviene en las conversaciones. Esa actitud narrativa me genera la extraña sensación de estar espiando casas ajenas. Si te apetece una novela de personajes y memorias, es una lectura apacible y hogareña, publicada en 1896.

 

«Los ermitaños son espíritus tristes, pero nunca corrientes».

«En la vida de cada uno de nosotros, pensé, hay un lugar remoto y aislado, entregado a un eterno pesar o a una felicidad eterna. Todos somos ermitaños voluntarios o cautivos en algún momento de nuestra vida, y entonces comprendemos a nuestros hermanos de celda, sin importar la época a la que pertenezcan».