Traducción: Leonor Saro | Editorial: Alba
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SINOPSIS
El narrador y protagonista de esta novela es un abogado londinense, «un joven profesional que quiere dar una imagen de éxito» pero que lleva, a su pesar, una vida «tranquila y monótona». Una fría de noche de marzo recibe en su casa la inesperada visita de un amigo y cliente que le confiesa que acaba de matar, en principio involuntariamente, a su criado, que pretendía chantajearlo a costa de sus relaciones con una mujer casada. Después del sobresalto inicial, y de enterarse de que ya lo busca la policía, el abogado mira a «este niño mimado del universo, este favorito de la fortuna» y empieza a acariciar «la maravillosa idea de moldear con mis propias manos la vida de un hombre». Con el mayor detalle urde un complicado plan para salvarlo, con la colaboración de dos mujeres perdidamente enamoradas del joven asesino.
Con unos diálogos que bordean el absurdo, una situación dramática donde las relaciones de poder casi anticipan El sirviente de Harold Pinter, y sobre todo con un humor macabro y endiablado, Mi propio asesino (1940) constituye una mezcla de comedia insolente y novela policiaca en la que las convenciones del género sirven a propósitos insólitos. Richard Hull, autor de El asesinato de mi tía, consigue recrear un pequeño pero denso universo donde los hombres se creen dioses y apenas hay resquicio para otra mentalidad que no sea la criminal.
OPINIÓN PERSONAL
«Nadie se espera que un amigo se pase por su casa en mitad de la noche y le diga de pasada al cabo de una o dos horas que acaba de cometer un asesinato.»
Alan Renwick siempre ha llevado una vida acomodada, convencido de que sus actos no tenían que tener consecuencias. Cuando asesina a su criado Baynes, después de que este le chantajease con airear sus relaciones con una mujer casada, Alan acude a Dick Sampson, su abogado y narrador de esta historia, la única persona que lo tacha de arrogante y desagradecido, considerándolo un niño mimado.
Dick lo esconde en su casa sin pensarlo dos veces. Alan siempre lo ha tratado con indiferencia y desdén, y el abogado aprovecha la situación para tenerle sometido a su voluntad y moldear con sus propias manos la vida de un hombre. Sin embargo, la convivencia lo encamina a sentir remordimientos, descubriendo en su huésped a un asesino despreocupado y egoísta.
Las conversaciones que mantienen nos dejan cierto regusto a surrealismo cómico. «Bueno, ya sabes... algunas personas tienen la superstición de que el asesinato es una afrenta muy grave.» Ambos protagonistas son igual de cuestionables: el asesino porque no siente ni un ápice de culpa y el abogado porque disfruta con el malestar que le hace sentir, a veces de manera consciente.
Cuando el inspector Westhall amenaza con desmontar su primera coartada, Alan y Dick comienzan a urdir un plan de huida. Los movimientos que describen sobre el mapa me han parecido lo más insólito de la novela. Si bien todos los personajes y las vueltas que dan eran necesarios para que el final cuadrase de manera más o menos factible, dentro de lo extraño que resulta todo.
Un libro de enredos y engaños que me ha recordado en algunos puntos a clásicos como La soga de Alfred Hitchcock, donde dos amigos juegan a ser más listos que las autoridades. Con la inestimable ayuda de dos mujeres que no se aguantan entre sí, pero que harían lo que fuera por su querido Alan. No es de mis favoritos, pero el estilo narrativo tiene su encanto y entretiene durante una horas.
«Me parecía una cuestión de justicia poética elemental darle lo que quería, aunque no le conviniera nada.»
Otros libros del autor: El asesinato de mi tía
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