Ilustración de cubierta: Juan Alberto Hernández | Editorial: El Transbordador
SINOPSIS
En el penal de El Cabracho, mientras aguarda cuatro ejecuciones consecutivas a manos de la Inquisición, Leo Vicar se dispone a dictar su infame pasado a un escriba real.
Empezando por su adolescencia, narrará cómo condenó su alma una mañana de invierno sin ni siquiera haber desayunado, cómo rompió cada uno de los trece mandamientos del Cristo Ahogado y cómo su primer amor desencadenó un brutal descenso al abismo.
Leo Vicar desgranará una historia de brujas reencarnadas y demonios de las profundidades, de inocencia perdida y rabia incombustible, de lágrimas y quemaduras.
De salitre y cenizas.
OPINIÓN PERSONAL
El inquisidor general del Reyno ha enviado a un escriba real para que transcriba la historia de Leo Vicar, quien aguarda su muerte en el penal del Cabracho. Sus memorias comienzan en Sancta Andara, cuando Leo tiene 13 años. Mientras mariscaba con su primo, los jóvenes encuentran a una mujer en las aguas. Una «bruja marina», según su primo.
No me atrevo a contar mucho más porque la historia recorre caminos inesperados desde las primeras páginas. Cuando me hablaron de fantasía oscura y grimdark, imaginaba otro estilo de novela, pero el mundo que ha construido me resulta demasiado familiar y cercano en el tiempo. Leo ha crecido a la sombra de una religión opresiva, en una sociedad y una familia que han maltratado su cuerpo y su mente hasta que esta última comienza a romperse. La evolución de esa caída es el centro de una trama dura y cruel.
La novela está dividida en dos escenarios vitales, salitre y cenizas, pero el nudo siempre es el mismo: la religión del Cristo Ahogado. Como digo, la historia real en que se basa resulta reconocible, la crítica no cae en sutilezas innecesarias y las reflexiones de Leo no dejan de ser pensamientos en voz alta. La fantasía se alimenta también con la mitología de mi tierra, y los lugares que he visitado condicionan mi experiencia: ver constantemente la mano del narrador me aleja de la ficción.
Cierro el libro con sentimientos encontrados. Por un lado, no me crea la necesidad de leer su segunda parte, la magia se concentra en pocas páginas y necesita una corrección. Por el otro, se merece todas las buenas palabras: prosa magnífica, ritmo narrativo increíble, sentido del humor y una historia interesante. Entiendo y comparto su buena acogida, sí.
«Que lo que se hunde en el abismo, salga a flote».
